En este post quiero compartir un método de 6 pasos que me ha servido a mí para obtener un «retorno» interesante en el ámbito del networking. Las habilidades clave para haberlo conseguido han sido la «constancia» para sembrar, la «generosidad» para compartir y el «coraje» para pedir.
Este artículo nace de la detección de una necesidad que he percibido en algunos de mis clientes cuando se definen a sí mismos tanto de forma presencial como en su extracto de Linkedin. Pienso que un entorno como el actual alberga multitud de profesionales bien preparados y es importante dominar bien dos cosas: 1.- Saber definirse; 2.- Saber distinguirse entre tus homólogos. El punto 1 para clarificar a qué te dedicas y qué aportas y el punto 2 para ser tú “el elegido” o “la elegida” y no otro/a.
Desde hace algunos años el término marca personal ha adquirido un creciente protagonismo. Cualquier Manager que quiera seguir siendo competitivo tiene que conocer y trabajar este concepto. Con frecuencia encuentro managers que aún no tienen una idea clara de para qué les puede servir “invertir” en marca personal. A continuación trataré de aportar información al respecto; espero convencer a algun@ de los que aún no cuida su marca personal para que lo haga.
Con una frecuencia como mínimo anual, la mayoría de las personas tenemos “arrebatos” en los cuales nos planteamos llevar a cabo determinadas actividades o tareas que vamos postergando desde hace tiempo o que, en el mejor de los casos, llegamos a realizar sin la continuidad que quisiéramos.
Es habitual que a finales de año o a inicios declaremos nuestra intención de progresar en actividades tales como el aprendizaje del inglés, el apuntarse al gimnasio o el ponernos a dieta (por recurrir a los más clásicos); el problema es que hay una mayoría de ocasiones en que “fallamos” en la implementación de este “nuevo” hábito, quedando este relegado hasta otro momento del año (o para el próximo). Es en estos casos cuando volvemos “al ataque” con renovadas energías y variedad de aprendizajes producto de los fracasos acumulados. Este tipo de situación, cuando no conseguimos nuestro objetivo, nos resta autoconfianza pues lo vivimos como una indefensión (sensación subjetiva que albergamos después de uno o varios fracasos y que nos comporta resignación y, por tanto, a veces cierta pasividad de cara a probarlo de nuevo).
Cuando realizo formaciones, lo más habitual es que los participantes ejecuten un plan de acción sobre los contenidos mostrados en la sesión con la intención de mejorar alguna habilidad o competencia o sencillamente para llevar a cabo alguna acción que les permita alcanzar determinado objetivo. A lo largo de los años, he podido observar que una mayoría de los Directivos que asisten a las formaciones que imparto tienen en el diseño de un plan de acción una asignatura pendiente. Esto para mí es un problema grave a subsanar y que limita al Directivo en su propio desarrollo y, por extensión, a su capacidad para desarrollar a sus equipos; Por tanto, considero que la capacidad de realizar planes de acción vinculados al desarrollo es un “básico” que debe dominar cualquier profesional y mucho más si es un líder pues tiene la responsabilidad de hacer crecer a su equipo.
Desde hace muchos años escucho el símil de “nuestra mochila” en referencia a una “mochila mental” en la cual cada ser humano es portador de ese “mundo de creencias” que configura el particular punto de vista del ser humano.
Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), los trastornos mentales y los problemas derivados de la ansiedad, la depresión y el estrés constituyen las principales causas de incapacidad laboral temporal o permanente en los países desarrollados. De acuerdo con un reciente informe elaborado por la Agencia Europea para la Seguridad y la Salud en el Trabajo (European Agency for Safety and Health at Work), entre el 50% y el 60% de las ausencias en el puesto de trabajo que se producen durante un año están ocasionadas por situaciones de estrés.
Una parte de nuestro éxito (ya sea personal o profesional) tiene que ver con la calidad de las conversaciones que sostenemos. Para mí, nuestra vida es una consecución de conversaciones que sostenemos con nosotros mismos y con los demás.
Mediante las conversaciones hemos iniciado una amistad o una relación de pareja, hemos conseguido un trabajo, un proyecto, un ascenso, o cualquier cosa que deseábamos. Por tanto, parte de nuestra actual existencia tiene que ver con la cantidad y calidad de conversaciones que hemos tenido y, por supuesto, también con las que “no hemos tenido”.
Podríamos definir la gratitud como “la emoción positiva que se produce en el acto de reconocimiento de determinado beneficio recibido”; para mí, “mostrar gratitud” es tomar conciencia de algo o alguien y agradecérselo.
Diversas investigaciones sobre aspectos tan complejos como la felicidad, nos revelan que para ser feliz es importante tener cubiertas dos variables:
El ego, definido en una de sus muchas acepciones como “el aprecio y consideración que uno tiene hacia sí mismo”, es a lo que quiero referirme en este artículo. Leyendo la definición, pienso que es bueno que tengamos cierto grado de ego, pues “apreciarnos” y “tenernos en consideración” me parece muy sano y necesario, y algo que a veces con frecuencia olvidamos. No obstante, quisiera centrarme en las personas que tienen un “exceso” de ego y los problemas que esto puede generar. Este egocéntrico, en el fondo alberga, un ser inseguro, frágil, y necesitado de la aprobación externa.